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lunes, 4 de abril de 2016

NICOLÁS MARÍA RIVERO

http://www.abc.es/espana/20150812/abci-anecdotas-congreso-rivero-201508111850.html

Dinero para el destierro
Don Nicolás María Rivero, político sevillano, fue uno de los personajes que mayor papel jugaron en la revolución de "La Gloriosa" que destronó a Isabel II. El gobierno del general Narváez le persiguió a él como a otros revolucionarios. Cuentan que refiriéndose a Rivero, el general dijo un día:
-¡Qué lástima de hombre! ¡Voy a tener que fusilarle!
Decidió sin embargo desterrarle con la advertencia de que si se quedaba en España sería fusilado. El general Narváez, a quien llamaban "el espadón de Loja" porque era natural de la ciudad andaluza de este nombre, no debió de sospechar la reacción de Rivero quien, una vez dictada la orden de destierro, se presentó en su despacho y le dijo al general:
- No basta dar órdenes sino que hay que facilitar los  medios para cumplirlas.
Le pidió dinero y el general sacó de su mesa una caja de dinero y le fue dando monedas a don Nicolás hasta que éste le dijo que bastaba y que sobraba para marcharse al destierro.

Luis Carandell, Las anécdotas de la política, Barcelona, Planeta, 2004, página, 179.

lunes, 11 de febrero de 2013

SERRANO



www.senado.es
El general bonito
 
Francisco Serrano Domínguez fue bautizado por la reina Isabel II con el nombre de "general bonito". La soberana tenía diecisiete años y se había casado seis meses antes, aunque las desavenencias con su marido Francisco de Asís ya habían comenzado. A instancias del rey consorte, el general Narváez nombró a Serrano capitán general de Granada. Veinte años más tarde, el "general bonito" había de acaudillar la revolución que destronó a Isabel. El marqués de Villaurrutia nos ha dejado un precioso retrato del general: " ... Érale la gramática parda más familiar que la de la Academia Española... tenía una mano izquierda que le permitía torear los más terribles miuras de la política sin sufrir una cogida. Decía que daba gracias a Dios por no haber nacido mujer porque, no sabiendo decir que no, hubiera sido una grandísima... pecadora. Reemplazaba el no con el navajeo, en que era consumado maestro. Su ambición era tan grande como la de Espartero y no se paraba en barras constitucionales ni legales; mas, como nacido de mejor cuna y criado en más finos pañales, procuraba siempre envolverla en buenas formas.
 

Luis Carandell, Las anécdotas de la política,
Barcelona, Planeta, 2004, pág. 173.





 


martes, 15 de enero de 2013

ISABEL II


La precocidad de Isabel II

La reina Isabel II tenía seis años de edad cuando estalló el motín de la Granja, el 12 de agosto de 1836. Los sargentos sublevados impusieron su voluntad a la reina Cristina, viuda de Fernando VII. Viendo a su madre atribulada y llena de ira por la humillación que había sufrido, dijo la reina niña:
- Mamá, ¿por qué no sacas los cañones?



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El rey consorte

Cuando, en 1860, el general O'Donnell fue a despedirse de Isabel II antes de marchar a la guerra de África, la reina le dijo muy emocionada:
- Si fuera hombre me iría contigo.
El rey consorte, Francisco de Asís, que estaba presente, añadió:
- Lo mismo te digo, O'Donnell, lo mismo te digo.
 
 
Luis Carandell, Las anécdotas de la política,
Barcelona, Planeta, 2004, págs. 170 y 176.




lunes, 3 de diciembre de 2012

MARTÍNEZ DE LA ROSA



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Martínez de la Rosa y la libertad

Durante una recepción celebrada en las Tullerías, don Francisco Martínez de la Rosa, embajador de España, mostraba a una de las princesas de la corte de Luis Felipe una nuez que él había trabajado con la hoja de su cortaplumas hasta convertirla en una pequeña escultura. El rey se aproximó y le preguntó al embajador dónde había aprendido a hacer aquel trabajo que tanta paciencia requería.
-En presidio -respondió Martínez de la Rosa. Y añadió- : El rey Fernando VII me hizo encarcelar porque dije en mi periódico que “la libertad era la esperanza de España”.

-¿Y quién os sacó de allí? –preguntó Luis Felipe.

-El mismo rey, porque en unos versos dedicados a su hija dije que Isabel era la esperanza de la libertad.

Luis Carandell, Las anécdotas de la política,
Barcelona, Planeta, 2004, pág. 147